Los volcanes tienen un espeluznante repertorio de maneras de matar, pero hoy la ciencia ha descubierto una nueva y especialmente truculenta. La sufrieron algunos de los habitantes de Herculano, una de las ciudades que el volcán Vesubio borró del mapa un mes de agosto del año 79 de nuestra era.

La hipótesis sobre esta muerte en particular se desgrana en un nuevo estudio realizado por un equipo de antropólogos forenses dirigido por Pier Paolo Petrone que estudiaba los restos de 103 esqueletos hallados en Herculano. Al examinar los huesos, los arqueólogos repararon en un detalle en el que no se habían fijado antes: restos de un polvo negro y rojizo que impregnaba los huesos por dentro y por fuera.

Al analizar la sustancia mediante espectroscopía de plasma descubrieron que el polvo estaba compuesto mayoritariamente de óxidos de hierro, pero los esqueletos no se hallaron cerca de ningún objeto metálico, y aunque así hubiera sido no tiene sentido que las trazas de hierro hubieran impregnado los huesos por dentro. La solución a ese extraño enigma pronto se hizo evidente.

Ese polvo rojo y negro era la sangre de la infortunada víctima.

A diferencia de Pompeya, Herculano estaba mucho más cerca del Vesubio, por lo que sus habitantes recibieron el impacto del flujo piroclástico con toda su furia. Hablamos de un muro de aire caliente, gases y cenizas que se desplaza a una velocidad de entre 100 y 300 kilómetros por hora, pero lo peor no es el impacto. Lo peor es que el flujo envuelve todo instantáneamente en una temperatura de entre 200 y 500 grados Celsius. La sangre sencillamente se vaporiza al instante dentro del cuerpo.

De repente, las fracturas halladas en los huesos de los esqueletos cobraron un nuevo y terrible significado. Durante mucho tiempo se pensó que la mayor parte de esas fracturas se debieron a la fuerza física del impacto y a golpes contra escombros y piedras. La realidad es bastante peor. Los huesos de las víctimas del flujo piroclástico explotaron debido a la presión de la propia sangre vaporizada.

El golpe de calor fue tan extremo que el cerebro de aquellas personas hirvió al instante. La presión intracraneal de la sangre y los fluidos súbitamente convertidos en vapor reventó el cráneo desde dentro. La posición del residuo ferroso hallado en los esqueletos avala esta hipótesis ya que se concentra precisamente en las fracturas de dentro a fuera.

La presión también provocó fracturas explosivas en otros grandes huesos del cuerpo. El tipo de corte abrupto de estas fracturas coincide con el que se ve en los huesos de cadáveres incinerados. Una forma horripilante de morir que al menos tiene una ventaja: fue instantánea. Los infortunados habitantes de Herculano probablemente ni siquiera se dieron cuenta de lo que pasaba.