Desde hace 25 años un equipo de 24 militares recorren las zonas más remotas y vulnerables de Colombia para llevar la cultura que la violencia no le dejaba conocer a los desposeídos que ahí habitan.

Después de 12 años de servicio en el ejército, el soldado Edinson Osorno todavía no controla la aceleración de sus palpitaciones. Con el camuflado puesto y la cara pintada, estira brazos, piernas y espalda para prevenir un desgarro, y pasa sus manos por un polvo blanco para evitar que el sudor lo resbale de la cuerda. Bajo una carpa azul el telón se abre. Esta vez, no son las balas las que le anuncian el comienzo de la acción, sino los aplausos del público que lo reciben en el Circo de Colombia.

Con un sigiloso movimiento toma la tela que cuelga del techo y con su cuerpo rígido sube varios metros sobre el suelo. Ante los ojos expectantes de niños, adultos y ancianos inicia una rutina de trucos en las alturas que van aumentando su peligrosidad a medida que el acto circense avanza. Su rutina artística le recuerda las tardes de teatro en las calles de su natal Cartagena, donde bastaba la adrenalina de sus prácticas en trapecio para soportar el asfalto caliente de los sectores populosos.

Apenas tenía 20 años cuando había decidido consagrar su vida al arte callejero, contra los reniegos de sus padres y los intentos de sus profesores de colegio de conversarlo de estudiar «una carrera de verdad». «Pero para mi desdicha y la dicha de ellos, me tocó ir a prestar servicio militar obligatorio. Los entrenamientos eran fuertes, pero la preparación para bajar desde helicópteros en cuerdas y subir árboles y paredes fortalecieron mi gusto y habilidades en las alturas», cuenta el soldado durante el ensayo previo del show.

Para su suerte, fueron pocos los combates que enfrentó en la selva, pero suficientes para quedarse definitivamente en la institución. Quizás -piensa- lo motivó la remota posibilidad de hacer parte del equipo de 24 militares que desde hace 25 años recorren las zonas más remotas y vulnerables del país para llevar la cultura que la violencia no los dejaba conocer. «Mi sueño, desde joven, era pertenecer a un circo, y paradójicamente esa oportunidad me la dio el Ejército de Colombia», comenta sonriente.

El deseo se le nota en escena, y el sello del Ejército en la rigidez imperturbable de sus movimientos. Pasados nueve minutos que parecen menos, Edinson saca el ‘haz bajo la manga’ y aumenta su dificultad. En un par de volteretas en el aire brinca de una tela a otra tan rápido que los espectadores no alcanzan a cerrar la boca. Cae al suelo con sus dos pies rectos y los brazos extendidos en señal de éxito. De nuevo, los aplausos no se hacen esperar. Pero el espectáculo apenas comienza.

Tras bambalinas, el sargento segundo John Jairo Castillo ordena formaciones de los uniformados que terminan de retocar sus vestuarios, algunos de payasos de narices rojas, otros con zancos y hasta sin camisetas. La severidad es la misma como si estuvieran en un campo de batalla. «Somos una familia, y nuestro objetivo sigue siendo el mismo: proteger a la comunidad, solo que nosotros lo hacemos llevando mensajes a través del arte», asegura.

Un civil, dos suboficiales, nueve soldados profesionales y 13 soldados regulares (que van rotando al finalizar su servicio militar) conforman el equipo de artistas, aunque no osan llamarse así por falta de formación -dicen-, pese a que todos se han capacitado en academias en Bogotá para especializarse en una destreza distinta. Y de que juntos han diseñado por lo menos 20 rutinas diferentes para que cada función sea una novedad.

El espectáculo continúa con una fiesta de payasos que, luego de la impresión que dejó el acto de las alturas, tiene como fin sacar las mayores carcajadas, incluyendo chistosos viajes en monociclos. Sigue la precisión de los malabares, la sorpresa del ilusionismo, los peligrosos juegos de fuego en zancos y, de nuevo, el impacto de las acrobacias en el aire.