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“Mientras mis amigos estaban en clase, yo dormía en un trozo de cartón”

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Ronneilys recuerda que se esforzó mucho en la escuela para pasar a cuarto curso. Sin embargo, el año pasado, cuando las clases estaban a punto de comenzar, no pudo reunirse con sus amigos en su escuela de Venezuela. En ese momento vivía en frente de una estación de autobuses de Brasil y su familia no tenía hogar.

“Veía fotos de mis amigos por internet, con sus uniformes, estudiando y [pasándolo bien juntos]”, dice Ronneilys, de 15 años. “Pero yo vivía en la calle”.

La travesía de Ronneilys desde su ciudad de origen, en el norte de Venezuela, comenzó en agosto de 2018, cuando la situación del país los forzó a ella y a sus dos hermanos a empacar sus cosas y viajar a Brasil para estar con su madre.

Se estima que 1,1 millones de niños necesitarán protección y acceso a servicios básicos en toda América Latina y el Caribe en 2019 como resultado de la crisis de migrantes de Venezuela.

“Era la primera vez en mi vida que tenía que vivir en la calle”

Ronneilys cuenta que se crio en un hogar acogedor con sus abuelos maternos y que se llevó muy buenos recuerdos (aunque solo unas pocas pertenencias personales). Aunque nunca había vivido con su madre y su padre había fallecido antes de que ella naciera, cuando supieron que su madre (que se había mudado a la ciudad costera de Boa Vista, Brasil, ocho meses antes) había encontrado un trabajo y podía permitirse pagar el alquiler de una pequeña casa, les pareció un buen momento para reunirse con ella.

Sin embargo, todo cambió un mes más tarde.

Su madre perdió el trabajo. Al no tener dinero, la familia acabó sin techo, durmiendo en un trozo de cartón en frente de la estación de autobuses de la ciudad.

“Era la primera vez en mi vida que tenía que vivir en la calle”, recuerda Ronneilys, que cuenta que se veían obligados a pedir comida a la gente y que sufrieron la humillación de que les tiraran tierra mientras dormían.

“Al amanecer pasaba gente en coche por nuestro lado y nos gritaban que regresáramos a Venezuela”, cuenta Ronneilys. “Fue el periodo más difícil de mi vida”.

Casi dos meses después, la suerte de la familia comenzó a cambiar.

A finales de septiembre, les ofrecieron una tienda en el refugio de inmigración Jardim Floresta, en Boa Vista. Durante los dos meses que pasó allí, Ronneilys asistió a un centro de aprendizaje de UNICEF en el que niños y adolescentes migrantes de Venezuela pueden estudiar, jugar y volver a familiarizarse con la rutina escolar normal, preparándose así para acceder al sistema educativo brasileño convencional.

Un centro de aprendizaje tenporal en Brasil

UNICEF ha establecido 12 espacios de aprendizaje, dirigidos por la ONG Fraternidade Internacional, en el estado de Roraima, al norte de Brasil, punto de entrada de la mayoría de los venezolanos que migran desde su país de origen.

En los espacios de aprendizaje, que en marzo registraron la asistencia de más de 3.210 niños, maestros brasileños y venezolanos imparten clases de portugués, español y matemáticas, entre otras asignaturas. También hay especialistas psicosociales que ayudan a los niños y tratan de identificar síntomas de abusos para asegurar que las posibles víctimas son enviadas rápidamente a las unidades de protección infantil.

“Era un lugar seguro donde sabía que no podía pasarme nada, que no me sentiría humillada. Dormíamos sobre un colchón y ya no pasábamos frío”, dice Ronneilys. “Teníamos comida cada día sin tener que pedirla. Y lo que es mejor: volví a estudiar”.

«Teníamos comida todos los días, y no teníamos que pedirla. Aún mejor, estaba estudiando otra vez».

Sin embargo, la travesía de Ronneilys no había terminado. Con la ayuda que le facilitó el gobierno de Brasil, su madre encontró un trabajo nuevo en São José, en el estado de Santa Catarina. La familia volvió a empacar sus pertenencias y emprendieron un nuevo viaje hacia el sur.

Ahora, a más de 5.000 kilómetros del refugio de Boa Vista, Ronneilys reconoce que echa de menos a sus abuelos más que nunca, pero siente que su situación es más segura. Está lista para regresar a la escuela y seguir persiguiendo su sueño de la infancia de llegar a ser dentista.

“No es fácil, pero creo que nos esperan días felices”, asegura.

 

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